Las navidades siempre tenían ese olor a pino natural que compraba mi mamá, y mi abuela, y mi tía, y las amigas de mi mamá; cada quien en sus casas, cada pino al tamaño que les permitía el espacio. Las navidades de mi infancia fueron compartidas. Mis padres divorciados se peleaban las fechas y las horas para estar con nosotros. Que si “el 31 en casa de papá” o el “24 en casa de mamá”. Ahora que lo pienso, nadie preguntó dónde queríamos pasarlas. El recuerdo de mis navidades está atado a mi hermano, Rolando. Creo que él fue el mejor amigo que tuve por años, la primerísima persona a la que quise comprarle un regalo navideño con mis ahorros. Él era quien se quedaba conmigo para abrir los obsequios el 25; con quien armaba la pista de carritos; con quien esperaba a Santa Claus; con quien estrené mi primer Nintendo, mi primer discman… Recuerdo que me esforzaba arduamente para que Rolandito, mi hermano, no se enterara de quién era Santa Claus, ya una vez que yo sí lo supe. Hasta nieve falsa puse debajo del árbol alguna vez. Hoy cumplo dos años sin verlo. Es la segunda navidad que no comparto con él. Vive lejos, y eso duele de corazón; tanto que sin querer se me nubla la vista al ver estas fotos. Espero que Santa, o el niño Jesús, o la energía del planeta, hagan llegar hasta mi hermano todos los besos y abrazos que debemos. Aquí estaré con su sobrina -mi hija- recordando el olor a pino y las mañanas del 25 de diciembre. ¡Feliz Navidad!