Burla a uno mismo
Me burlaba del asunto de “las tribus urbanas”, aún sabiendo lo mucho que me entretiene. Noté que es un tema que a todos gusta y del que todos poseen una opinión… “su opinión”. Me incluyo. Recuerdo que estudiando psicología llegamos a Abraham Maslow, y confieso que desde que apareció, se volvió recurrente; al punto que he comenzado a evaluar la posibilidad de dejar de traerlo como referencia, a mis conversaciones, para así hacer uso de otros pensadores y no sentirme militante. Y hago esta parada, porque el “agumento madre” del que partían mis “críticas” a la subcultura, era la palabra “reconocimiento”… específicamente esa necesidad de pertenecer. Todos los seres humanos tomamos elecciones movidos por algo que nos impulsa. Como explica la psicología, “toda conducta está determinada”. ¿Qué causa que sintamos esa necesidad de autorreconocimiento? ¿Qué define una dirección y su persistencia?
Lo que no me agrada de las tribus urbanas son las fórmulas que desprenden cuando se hacen popularmente atractivas. Parecen resumir las elecciones de vida en recetas: “Usa esta camisa; escucha a esta banda; éstos serán tus amigos; éste será tu libro favorito; éste tu medio de transporte; éstos tus sueños; éstos tus deportes”… Esa necesidad por ser diferentes e “identificarse”, desde su subcultura, se vuelve aburrida, sin justificación… al final, la dirección y nuestros impulsos los define la tribu, no uno; y lo que al principio era un espacio para autorrealizarme, termina convirtiéndose en leyes limitantes.
Los seres humanos vivimos procesos dinámicos, no fijos. De hecho, “la conducta humana puede estar activada por varios motivos a la vez” (Reeve 1994). Resumiendo, así se gestan los típicos doble discursos donde choca lo que muestro (debo) ser, con lo que soy.
Decía Maslow que existen para el ser humano cinco necesidades, en posición piramidal. A las tres primeras necesidades, las denominó: “necesidades de carencia”. De ellas, la primera: las necesidades fisiológicas; luego las de seguridad y por tercera la de pertenencia. Él decía que si éstas no están debidamente cubiertas, impedian el crecimiento y desarrollo. Las personas estamos preocupadas por satisfacer necesidades como el hambre y la sed, en primera instancia; atentos a nuestra seguridad laboral; y a la pertenencia a un grupo… contar con estatus social. Más tarde nos preocuparemos por la estima y la búsqueda honesta de autorrealización.
Ahora que lo pienso, escribo todo esto porque en cierto modo, me fastidia que que se haya popularizado la comunidad “intensa”. Donde, gracias al Internet, el arte y sus derivados cobraron valor; más tarde se transformaron en un asunto frívolo y terminaron por convertirse en algunas terribles tribus, intolerantes, masturbatorias y ensímismadas… carentes de verdad (de individualidad). Y pienso luego… si yo conozco mis “intensidades” desde pequeña y me gustan más los Rolling Stones que Arcade Fire (porque me siento en la libertad de comulgar con ambos y escuchar lo que más conecte conmigo), puedo creer que esa “libertad” que nos ha dado la globalización tecnológica, dará ese último paso por conectarnos más con nosotros mismos (luego de que ya nos ha hecho ver a los otros, e invitarnos a “pertenecer”), donde se logre construir identidades más seguras, de mayor autoestima y dueñas de su verdad.
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